Los hombres con los que salía siempre se daban por vencidos a los dos meses, normalmente cuando decían haber conocido a alguien más. Pero con este hombre pasaron dos meses, luego seis, luego nueve, y seguíamos hablando casi todos los días. Nunca de una manera que apuntara a una relación seria, pero ciertamente como algo más que amigos. Ahora conocía su plan de 15 años, sus pensamientos sobre el matrimonio y sus relaciones pasadas, cómo pasaba los veranos en la granja, su destreza poética y su odio irracional a la película Frozen.

Él conocía mi sueño de dejar mi trabajo y viajar por el mundo, mi obsesión por la música deprimente y cada frase que me hacía sonrojar. Sentí que esto podría ser algo de verdad. Sentía que tal vez, solo tal vez, se estaba convirtiendo en algo. Esperaba que algún día tuviéramos la oportunidad de averiguarlo.

Un año más tarde, en febrero de 2020, volvimos a vernos en persona, en un hotel de Chicago, una parada antes de que su siguiente contrato lo enviara a otro lugar muy lejano. Esta vez había expectativas, confusión y mucho tiempo para pensar, al menos por mi parte. Pero una vez que estuvimos juntos, me sumergí de nuevo en ese espacio cómodo. No perdimos tiempo y nos metimos en la cama. Solo salimos de la habitación para encontrarnos con el repartidor de comida en el vestíbulo.

Cuando decidimos irnos a dormir, él no dejaba de comprobar si ya me había dormido; quería evitar quedarse dormido mientras yo estaba despierta. En parte, sabía que estaba comprobando si estaba en condiciones de alejarse para dormir, pues tiene el calor corporal de un oso.

Al principio, le había dicho en una llamada que entendía que los

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